Semblanza

Extracto del texto escrito por su hijo Pablo Criado con motivo de la despedida de Felipe Criado el martes 26 de noviembre de 2013

Felipe, preguntado antes de nacer sobre qué es lo que quería ser en la vida y ofrecido dos opciones… ¿futuro Felipe, qué prefieres ser… respetado o querido? Optó, sin dudarlo, por lo segundo.
Mi padre no pertenecía al clan de los respetables, sino al clan de los entrañables.

Aprendió a vivir como los niños aprenden: no lo aprenden, ese conocimiento les viene de serie.
Lo que pasa es que él consiguió no olvidarlo.
Las circunstancias le ayudaron…

Siendo niño, antes incluso de que España se convirtiera en “una, grande y libre”, aprendió el paisaje marino y norteño de Santander, y aprendió el valor de la vida porque la muerte llovía entonces del cielo en forma de bombas.

Tras ello viajó. Tener un padre carabinero, entonces que España era mucho más grande de lo que ahora es toda Europa, era la forma en que uno podía hacer un Erasmus. Viajar para unificar, para entender que todos y todo somos similares, además de semejantes, para entender que el mundo es continuo y, en su esencia, constante. Y con ello aprendió a disfrutar la naturaleza y el paisaje.
Vagabundeó todo el Norte: Asturias, Cataluña, Santander, Salamanca, Ourense y, por fin, Santiago y Coruña.

Las bombas le enseñaron la importancia de la vida y sus ojos que se vive con los sentidos.

Todo esto se fijó en él con la fuerza del ácido en una plancha de grabado gracias a la enfermedad.
Una tuberculosis se atravesó en su vida a los diecisiete años y lo encaró con la muerte. Pero él quería vivir. Y la tuberculosis le enseñó que la vida había que ganársela a base de disciplina y ganas:
Comiendo aun enfermo siempre una vez más de las veces que el cuerpo devolvía la comida. Disfrutando de la estrecha vida y lúgubres expectativas que un jovencito tenía en un hospital antituberculoso de la época. Bregando con el rechazo que siempre del miedo nace, el miedo al contagio.

Pero fue firme y nos mantuvo vivos, a él y con él, también a nosotros, su familia.

A los veinticuatro años volvió al normal camino de la vida. Pero estaba extraviado.

Tenía su sensibilidad, sus ganas de vivir y su experiencia de haber atravesado una crisis, la de haber mojado los pies en la orilla del océano de la muerte. Pero no tenía nada más. Como llanamente decía, no tenía ni oficio ni beneficio.

Entonces conoció al maestro Francisco Asorey y éste, viéndole aptitudes, le mostró el camino: convertir su sensibilidad, la fuente de su amor a la vida, también en su forma de vida.

Por tanto, se encaminó al arte.
Y estudió. Mucho. Porque para mi padre la imaginación era cosa que debía obligadamente construirse sobre el conocimiento del oficio. En este punto, como en pocos más, era inflexible.

Así se hizo artista, cuando eso no estaba de moda.
Y por el camino conoció a Mercedes, una gallega de aldea, cuando esto tampoco estaba aún de moda. Mamá lo eligió, apuntando ya maneras inconformistas.

Nunca le oí mentir, vender un favor, manipular a nadie, quedar bien ni, en términos generales, traicionarse a sí mismo.
Así ganó su libertad. Una libertad crónica que le nacía de dentro porque no era capaz de comprender otra forma de vivir.

Haciendo uso de esa libertad, ese niño trashumante se hizo gallego. Por elección. Con la guía de mi madre, la mujer más genuina y tolerantemente gallega que conozco.
(Creednos, nuestro padre siempre sufrió el no ser considerado gallego.)

Fue un vividor disciplinado que nunca cometió excesos salvo trabajar a deshora.

Ejerció un sentido práctico incompatible con la bohemia, ganando el pan de su familia de forma independiente a su pintura. Y gracias a ello consiguió lo que la bohemia rara vez consigue: que su pintura fuera libre, no sometida a condicionantes externos de fama o dinero.

¿Qué es su pintura?: su vida.
Son la misma cosa.
Si bien su vida tuvo nubarrones, éstos le ayudaron a amar la vida. Y aunque su pintura pasó por etapas de dramatismo, terminó recalando en el placer de vivir.
A mi padre le gustaban el paisaje y la naturaleza, y le gustaban las pantorrillas y lo que las pantorrillas sustentan.
Posiblemente para él tierra y mujer eran la misma cosa. Tierra madre y paisajes femeninos. El insondable misterio de la vida.

Y como amó vivir y pintó como vivía, quizás es por ello que su pintura da ganas de vivir.

Se fue con paz. Finalmente pudimos ver que no tenía miedo a la muerte, sólo apego absoluto a la vida.
Vivió amando la vida y sin hacer la puñeta a nadie.
Con eso nos quedamos.